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Buenas tardes,
A veces, poner un rostro a una realidad social abstracta, como nuestra gestión de los residuos, puede cambiarlo todo. O eso quiero pensar. ¿Qué ocurriría si en la etiqueta de una prenda de fast fashion apareciera, por ejemplo, la fotografía de Ayesha, una pakistaní de 16 años que pasa sus días clasificando toneladas de ropa usada llegada desde Europa?
Mientras otros adolescentes estudian o disfrutan de su tiempo libre, ella trabaja doce horas diarias en una lúgubre nave industrial de Karachi, inclinada sobre una mesa y por un salario de apenas 75 euros al mes. Ayesha es una de las miles de personas que encuentran en el tratamiento de nuestros desechos textiles una de las pocas oportunidades laborales a su alcance. Son ellas quienes reciben, seleccionan y procesan las montañas de prendas que compramos casi sin pensarlo y desechamos con la misma rapidez. Ropa barata y de baja calidad que, en muchos casos, no llegará a cumplir un año en nuestros armarios. Como recoge el reportaje Clasificar 560 kilos de ropa usada al día por 70 euros al mes: así se trabaja en las fábricas de Pakistán que procesan lo que tiramos en Europa, que publicamos esta semana en Planeta Futuro y que os recomiendo encarecidamente, al trabajar en esas naves de la Zona de Procesamiento de Exportaciones de la ciudad costera pakistaní, Ayesha no solo expone su salud, sino también su seguridad, en un entorno donde las trabajadoras están especialmente desprotegidas frente a posibles abusos.
Ayesha no es una excepción. Otros rostros se esconden detrás de la (no) gestión de nuestros residuos. Esta semana, un reportaje de Omar Hamed Beato nos presentaba a Felipe Parco, un habitante de Manila, en Filipinas, que ronda los sesenta y que se dedica a la dura labor de recolectar y desarmar los aparatos electrónicos desechados. Lo hace en un país donde la creciente demanda de aire acondicionado para hacer frente al calor extremo ha contribuido a disparar la generación de residuos electrónicos, que ya alcanza las 540.000 toneladas métricas al año. A estas cifras se suma la basura electrónica procedente de Norteamérica y que tratan los desmanteladores filipinos, arriesgando cada día su salud al exponerse a componentes altamente tóxicos, como el plomo, el mercurio o el cadmio. Pero el problema no acaba ahí. La contaminación derivada de estos residuos no solo afecta a quienes los manipulan, sino también a los habitantes de los barrios donde se acumulan y procesan, con consecuencias especialmente graves para las mujeres embarazadas y los niños.
Antes de cerrar este boletín, quiero hablaros de Keng, un vecino de Tha Ton, en el norte de Tailandia, junto a la frontera con Myanmar. Tiene 52 años y lleva más de tres décadas trabajando como barquero en el río Kok. En todo ese tiempo, asegura no haber visto nada parecido a lo que ocurre hoy en esta zona, tradicionalmente conocida por su atractivo turístico: un río tan contaminado que ya no puede navegarse. Como cuenta nuestro colaborador Fabio Polese, tras el golpe de Estado de febrero de 2021 en Myanmar, la extracción de oro y tierras raras —unos recursos muy demandados por los mercados internacionales— se intensificó en zonas fuera de cualquier control efectivo hasta causar esta tragedia social y ambiental. Ya nadie en Tha Ton se atreve a comer pescado, y mucho menos a beber el agua del río, como hacían antaño. Mientras los habitantes lamentan la desaparición de un ecosistema del que vivían y disfrutaban, los turistas que antes llenaban las calles de la pequeña aldea se han esfumado, probablemente en busca de destinos más atractivos.
Os invito también a ver el programa especial que EL PAÍS dedicó este martes, con la participación de Planeta Futuro, al debate sobre el futuro del multilateralismo en la primera jornada de la Asamblea General de la ONU.
Muchas gracias por leernos. Os dejo a continuación más temas destacados de la semana. Un abrazo y hasta la semana que viene.
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