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¡Hola!
El título es broma, es que necesitaba su atención porque tenemos el ratio de apertura un poco bajito. Ya puede irse. Pero ya que ha hecho clic quédese, digo yo.
Soy Guillermo Alonso, el mismo de la semana pasada, y me dispongo, como cada miércoles, a teclear sin orden ni concierto hasta que esta newsletter de autor tenga unos cuantos párrafos y yo pueda seguir con el resto de ocupaciones que tiene un editor web, que son muchas, algunas de ellas apasionantes y otras tediosas, pero obligatorias para que los artículos existan según los resultados orgánicos de los motores de búsqueda más populares. Oh, no me haga desarrollar eso, por favor, que nos dormiremos usted y yo.
Le voy a contar algunas cosas que he visto o leído últimamente, ¿qué le parece? Así yo puedo rellenar párrafos y párrafos y usted puede quedarse con la sensación de que leerlos le sirvió de algo, que ha sacado algo en limpio tras su amabilísimo gesto de suscribirse a esta newsletter pequeña y obediente que navega en el inmenso océano de newsletters hechas por gente con muchísimo más tiempo que yo. ¿Sabe que algunos lectores, haciendo uso del sagrado derecho de opinar, han escrito alguna vez como respuesta a esta newsletter "oiga, este caballerito está en todas las newsletters hablando de sí mismo?". A esos mensajes siempre intento responder, amablemente, que hay muchísimas newsletters, muchas de ellas magníficas y dentro de EL PAÍS, que no hablan de mí. Creo que es justo que haya una, solo una entre millones, que tenga un punto diferencial que consista en que, por ejemplo, salgo yo todo el rato.
He visto (¡yo!) De puntillas, o sea, Tip Toe, que me recomendó un día mi compañera de S Moda, Beatriz García, mientras yo me hacía un café al lado de su mesa (es que nuestras compañeras de S Moda tienen una cafetera compatible con cápsulas de Nespresso, #noespubli). Sobre ella ha escrito mucho mejor de lo que podría hacerlo yo Paloma Rando en su columna de televisión, así que creo que no es mi papel hacer de crítico televisivo aquí. La serie puede parecer puro agitprop de brochazos gordos y personajes que se gritan desde los dos extremos del espectro, pero, ay, ponga usted la televisión o siéntese con su familia a cenar en nochebuena, me temo que ahí estamos, justo ahí. Y lo importante: esos brochazos gordos de Tip Toe (en España está en HBO) acaban dejando trazos visibles y milimétricos una vez se termina, demostrando que a veces hay que dar brochazos gordos para que usted vea el acabado prístino y real de las cosas, ya sea pintando su cuarto de baño o entendiendo algo que está sucediendo ahí fuera a través de una ficción.
Un ejemplito, pequeño. Me gustó muchísimo ese personaje llamado George, adolescente homosexual armarizado que, para seguir protegiéndose a sí mismo de los tipos más peligrosos que la vida le pone por delante (por ejemplo el cenutrio de su padre, que si viviese en España sería un fiel espectador de cierto programa de access prime time) está dispuesto a ofrecer en bandeja la cabeza de un igual, de alguien que ha intentado ayudarlo, para salvarse a sí mismo. Es el personaje más interesante de la serie, a todas luces. Puede resultar, para el espectador casual, un villano desagradecido. Pero pregúntele a cualquiera que haya estado en un armario y se vea atacado por ese miedo irracional y atávico a que el mundo descubra quien es, sobre todo cuando el mundo, tu mundo, te ha dejado claro desde pequeño que ser eso que tú eres significa estar roto, estropeado. Las víctimas también pueden estar muy equivocadas. Las víctimas pueden ser unos grandes hijos de puta y siguen siendo víctimas. Siempre tengo la sensación de que ese punto, en particular, nunca lo hemos querido comprender. En Tip Toe te lo explican muy bien, aunque sea a brochazos gordos.
En asuntos más luminosos, he leído Garganta abierta, de Henry Hoke. Es una maravilla breve, divertida y conmovedora sobre un puma que vive bajo el letrero de Hollywood y ve la vida pasar (y le pasa de todo). Si la lee usted en el metro, por ejemplo, ensartado entre pasajeros en hora punta en esa línea cinco que puede pasar cada dos minutos o cada siete (¡la lotería de las mañanas!) y hacer que repase todo lo que ha hecho mal en la vida que le ha llevado a terminar viviendo y trabajando en Madrid, notará como la belleza emerge desde el suelo y, entre codazos y patadas, le acaricia en la espalda. Es de editorial Sigilo.
Y he leído también otro buenísimo y muy divertido, pero de ese le hablo la semana que viene, que esta newsletter tiene ya muchísimos párrafos y yo muchísimas cosas que hacer.
Adiós.
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