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Con estas reglas, ya sabemos que hay dos títulos automáticamente calificados: la macedonia Shame and Money, de Visar Morina, Gran Premio del Jurado en Sundance; y Cartas amarillas, el pasado Oso de Oro del turco-alemán Ilker Çatak. ¿Por qué se hace esto? Para defender películas comprometidas políticamente en contra de los gobiernos de sus países, como la iraní Un simple accidente, de Jafar Panahi, que entró porque Francia la envió, o la también iraní La semilla del higo sagrado, de Mohammad Rasoulof, que fue por Alemania. La primera ganó en Cannes; la segunda, en Berlín. ¿A quién va a beneficiar esto? A Francia, vistos los ganadores de estos premios que ahora sirven como entrada automática. Tampoco será un cambio tan grande, cuidado. ¿Y a España cómo nos afecta? Pues en los últimos tiempos, le hubiera beneficiado a Polvo serán, la película de Carlos Marqués-Marcet, que ganó el Platform Award en Toronto de 2024. Y el año en que Alcarràs ganó en Berlín, la Academia española podía haber enviado a As bestas o a Cinco lobitos, que entraron en el trío de preseleccionadas.
Acabo. El martes estuve en un acto con José Luis Rebordinos, director de San Sebastián, que forma parte de la quincena de festivales de categoría A, y, desde luego, la ausencia más llamativa entre esa media docena de certámenes que califica al Oscar. Él definió como “raras” y “un poco extrañas” las nuevas normas y, sobre todo, le llamaba la atención que no cuenten con el Zinemaldia por “el papel del festival donostiarra como plataforma del cine español, latinoamericano e iberoamericano”. Explicó: “Son unas normas raras en las que nos hubiera gustado estar, pero también tiene su lógica porque están Berlín, Cannes y Venecia, los tres más importantes de Europa. Ahora toca trabajar para que, si esas extrañas decisiones siguen, estemos ahí”. Y apuntó: “Los Oscar pasan por una época un poco compleja, donde no acaban de encontrar su identidad”.
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