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Queridas lectoras, queridos lectores:
Los románticos que leen EL PAÍS en papel conocen muy bien el texto bajo la cabecera: "El periódico global". Esta vocación internacional abarca tanto la difusión de la información como la cobertura, y ha sido una seña de identidad desde la fundación de EL PAÍS hace ahora medio siglo, un 4 de mayo de 1976, cuando no existían la edición digital ni las redes sociales ni los sistemas de mensajería instantánea como los que ahora usamos para que los corresponsales nos transmitan en directo los hechos.
Pero antes y ahora son necesarios los testigos, los mensajeros, los periodistas. Esas personas (casi) siempre disponibles cuando la noticia salta, que acuden al lugar, que preguntan, investigan, observan, huelen, escuchan... y lo cuentan. Y muchos, demasiados, se juegan la vida en ello. No por heroísmo, sino por un compromiso invisible pero robusto con la verdad. Y sobre todo, con ustedes, los lectores, y su derecho a la información, sin importar desde dónde lean este boletín.
Que sin periodismo libre no hay democracia no es un lema vacío. Y cuando se persigue, acosa, amedrenta o mata al mensajero, es una alerta del esfuerzo de quienes atacan por ocultar sus propios excesos, faltas, corrupciones e intereses. El panorama actual no es halagüeño. La libertad de prensa en el mundo cae a su peor nivel en 25 años, según datos de Reporteros Sin Fronteras publicados este domingo.
Esta semana, EL PAÍS ha celebrado su 50º aniversario, justo un día después del Día Mundial de la Libertad de Prensa, que se conmemora anualmente cada 3 de mayo. Este año lo tenemos que hacer de luto. No solo porque el periodismo ha perdido este martes a una de sus máximas referentes y primera directora mujer de este periódico, Soledad Gallego-Díaz. También porque, es conveniente recordarlo, hay más periodistas asesinados en conflictos, concretamente en Oriente Próximo, especialmente en Gaza y ahora también en Líbano, que en ningún otro momento de la historia reciente, incluidas las dos guerras mundiales. Mientras que en el otro lado del mundo, en Estados Unidos, el presidente Donald Trump, y su Administración, no solo insulta y señala a reporteros, sino que asedia con multimillonarias demandas a los medios que le resultan molestos. Por citar dos ejemplos que nos han ocupado los últimos días (y meses).
Les he pedido a los compañeros en aquellas latitudes que me cuenten cuál es la situación y su reflexión sobre el ejercicio del oficio, cada vez más complicado. El primero en responder es el corresponsal en Jerusalén, Antonio Pita, con un "te agradezco que pongas el foco en esto para que nadie más tenga ninguna duda de por qué Antonio Pita, por qué EL PAÍS, no está ahora mismo en Gaza". Donde él querría estar para informar.
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