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Poco se habla (ya sabe el dicho) sobre los productores musicales: esas figuras mesiánicas y calculadoras, esos sabios que saben leer el presente con su sonido y terminan poniéndole banda sonora. Jack Antonoff, nuestra portada de mayo, entra en la definición de productor con todas las de la ley. Es el hombre que ha definido el sonido de la última década con su trabajo para Taylor Swift, Kendrick Lamar, Lorde, Lana del Rey, Sabrina Carpenter y tantos otros nombres que, de ponerlos, harían de este párrafo algo larguísimo.
Pero Antonoff niega la parte fría y calculadora. Lo suyo no es una factoría de éxitos: “Hay cierta imagen de la industria musical en la que basta con decir: ‘Ponme con Jack’, pero suele haber una historia detrás de todo lo que hago. Una vez, en el estudio Electric Lady de Nueva York, Kendrick [Lamar] estaba arriba y mi amigo Sounwave, que producía, me dijo: ‘Venga, sube y hacemos algo’. Fui, empecé a tocar y a charlar y no me marché en tres años. A Lana Del Rey la conocí en una cafetería, dimos un paseo y luego vino a casa e hicimos tres canciones que están entre mis favoritas de toda mi carrera“, le cuenta a Iñigo López Palacios en una entrevista donde el músico se describe como alguien, en esencia, antiestratégico: “Sé que no puedo trabajar con cualquiera. Es algo muy caprichoso, como el amor: o hay algo o no lo hay, y no se puede fingir”.
Antonoff es el rey del prestige pop, ese género que le da un barniz de respetabilidad a la música comercial a través de un sonido cuidado, letras con poso autoral y una composición más compleja que la típica boy band (nada en contra de las boy bands, ojo). Podríamos llamarlo pop bueno, aunque Jack Antonoff es mucho más que eso: célebre gran amor de Lena Dunham, creadora de Girls y otra gran voz generacional (su relación es de lo más comentado y menos polémico del último libro de Dunham), hablamos del único productor que ha ganado los cuatro grammys principales. Su música se ha metido en todas partes, desde los equipos de alta fidelidad de muchos cuarentones (hola) hasta los móviles rosas de las swifties de nueve años.
Conste que yo, igual que no tengo nada en contra de las boy bands, tampoco tengo nada en contra de las factorías de éxitos. Entre los grandes productores ha habido muchos churreros de lujo: Phil Spector en los años sesenta, Quincy Jones en los ochenta, Max Martin en los noventa y dosmiles... Pero mis favoritos son Stock, Aitken & Waterman, un trío de ingleses que hace 40 años colonizaron las radiofórmulas y la MTV con artistas que sonaban prácticamente igual. En su momento fueron despreciados por ser poco menos que algorítmicos: mezclaban construcciones de los años cincuenta, bases rítmicas sintéticas y unos estribillos cristalinos capaces de invadir igual España y la China comunista. En un momento dado Bananarama, Rick Astley, Jason Donovan y Kylie Minogue compartían muro de sonido. Incluso un Cliff Richard al borde de la cincuentena se sometió al tratamiento SAW y le salió perfecto, no hay más que verlo bailar en directo con su traje blanco las aproximadamente diez mil veces que se repite el estribillo de I Just Don’t Have the Heart.
Pero volvamos a Jack: en realidad posa y habla para nosotros (¡justo el día de su cumpleaños!) para promocionar el nuevo disco de Bleachers, su grupo de rock. La banda es infinitamente más pequeña que los grandes nombres con los que suele trabajar, pero actuar para su “pequeña comunidad” es su cosa favorita: “Incluso si doy un concierto para mucha gente, sigue siendo pequeña”, dice. “Ha surgido la gran mentira de que todo tiene que ser para todo el mundo. Y es terrible. Aunque yo haga discos dentro del mainstream, lo que hago no es para todos”, zanja. Ahora dígame que no quedan artistas.
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